La Iglesia dedica tradicionalmente el mes de julio a los jóvenes y, por eso, los Obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica han querido lanzar un mensaje para reflexionar alrededor de los signos de esperanza, pero también de alerta que atentan contra la juventud.
“Muchos son los signos de esperanza que encarna nuestra juventud. En el corazón de la inmensa mayoría de nuestros jóvenes hay un auténtico deseo de bien, perviven altos ideales y proyectos generosos, quieren ser agentes y constructores de una nueva civilización, más plenamente humana, compasiva, entregada al servicio, consciente de sus capacidades y de sus responsabilidades”, manifestaron los pastores de la Iglesia costarricense.
Sin embargo, reseñaron que “no faltan los signos de amenaza como el resentimiento y la autorreferencialidad por las heridas de los golpes de la vida, las relaciones tóxicas de dominio, manipulación, acoso; las ideologías deshumanizadoras, las adicciones de cualquier tipo que esclavizan, las dinámicas sociales de consumismo e indiferencia ante el sufrimiento de los demás, la discriminación, la violencia”.
Declararon que “nuestros jóvenes tienen el derecho a vivir en un entorno seguro y enriquecedor en el que se respete su dignidad. Por eso, causan dolor noticias como las que han trascendido en los últimos días, relacionadas con actos de acoso y violencia entre jóvenes. Nos referimos, en concreto, a lo que sucedió el pasado 27 de junio, cuando, según un video que se viralizó a través de las redes sociales, una joven de nombre Valentina que viajaba en un bus de San Carlos junto a un grupo de compañeros, habría sido víctima de golpes y actos detestables contra su dignidad por parte, aparentemente, de un joven de 16 años”.
Los obispos manifestaron para Valentina y su familia “cercanía humana y nuestra oración”.
Comentaron que “muchos de nuestros jóvenes sufren en silencio la violencia y la injusticia de una sociedad que, en este tema, como en muchos otros, mira para otra parte”.
“En nuestras manos está hacer que el bien, la bondad y la solidaridad sean el signo distintivo de nuestras relaciones. Y el lugar donde se plantan las semillas de la paz y el entendimiento es el hogar. Las familias están llamadas a ser santuario del amor y de la vida, escuelas de humanidad, forjadoras de relaciones afables y positivas, gestoras de entornos sanos y acogedores en donde todos aprendamos a ser ciudadanos”, reseñaron.












